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"Qué maravilla poder dar aquéllo que a nosotros nos falta". Robert Bresson
domingo, 28 de abril de 2013
domingo, 10 de marzo de 2013
Biblioteca del Autor: Nicolás Tolosa
PREPARANDOME PARA ENFRENTAR TU MUERTE
POEMA PARA LOS SOLITARIOS SOÑADORES CON CORAZÓN DE NIÑO
LLUVIA
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viernes, 1 de marzo de 2013
Biblioteca de Autor: Alejandro Nicolau
De Alejandro Nicolau hemos seleccionado los cuentos “Manisero en el Desierto del Sahara”, “No quieren que seamos felices” y “Déjà vu”, extraídos de su libro “El Libro de la Alegría”, en proceso de edición.
“Silencio, por favor. La ficción pide atención”. Así inicia, escueto pero certero, Alejandro Nicolau su exhortación al lector (“Déjà vu”).
Un silencio se abre; y poco a poco van agolpándose en sus páginas: un pedaleo incesante de bicicleta vieja, un suave deslizarse sobre un charco de lluvia un barquito de papel que en su lomo lleva inscripto “Cocteau”, los ruiditos de un joven repitiendo dos veces, dos veces sus prosaicos rituales matutinos, un relámpago avizorando el estallido de un trueno, un disparo a traición, a quemarropa, un cuerpo cayendo. Silencio en el silencio de la celda miserable y arbitraria. Silencio. La ficción pide atención.
Nicolau juega (o no juega) a hacernos creer que no lo sabe. (Y tal vez no lo sepa; no estoy segura). Juega a hacernos creer que detrás de la candidez de su narrativa no hay otra cosa que inocencia y puerilidad. Esa actitud es definitoria del tono general con que es abordada su ficción.
Todo es lo que parece ser; sin secretas intenciones minando la profundidad de los relatos, sin aberraciones, sin monstruosidades. Puro devenir prosaico.
Pero no. En Nicolau la ficción es un natural sucederse de hechos extraños, sospechosos, enrarecidos; en cuyo entramado sus personajes, sin comprenderlo demasiado (o lo que es más angustiante aún, sin intentar comprenderlo), son arrastrados por las fuerzas de un destino, cuyos vicarios son a veces las fuerzas policiales (“No quieren que seamos felices”), el tiempo y la irredenta repetición del futuro en el pasado (“Dèjá vu”), o el vehemente, irrefrenable, animal deseo de huir bien lejos…allí donde no… (“Manisero en el Desierto del Sahara”).
En Alejandro Nicolau conviven con pasmosa frescura las dicotomías: sublime y siniestro, epidérmico y profundo, universal y telúrico. Y todo ello tamizado por un subtexto que murmura, bajito le murmura al lector que no sea cándido, se ande con algunas prevenciones.
Nicolau propende al extrañamiento del lector. Lo hace creer que la ficción se inscribe en la más indefensa estética naïf. Lo hace sentirse cómodo reconociendo topografías por las que el lector tucumano transita a menudo, o que conoce de oídas (Villa Mariano Moreno). Provoca, mediante este gesto de pura camaradería, que el lector ceda en su desconfianza y baje sus defensas… Y es entonces donde comienza a filtrar… derribando una a una las inocentes convicciones que ha sabido primero promover. Crea para romper, para poder pasar a otra instancia. Interesante nihilismo en el que toda seguridad es socavada por ingenua, precisamente por ingenua.
No hay inocencia en el lector contemporáneo. No debiera haberla. Cierto es que el escritor entabla con el lector un pacto de suspensión de incredulidad, volviendo zona franca el texto en el que ambos, desde diversos lugares simbólicos, se pavonean. Cierto. Pero también es cierto que en los atribulados tiempos que corren es preciso no andarse tan confiados.
El gran texto de la Historia Argentina, el “prototexto” como gusto llamarlo, nos ha enseñado -a duras penas- que nunca más un sujeto que desaparece de la nada, sin dejar rastros, sin que nada explique su paradero, está a resguardo del sospechado delito de desaparición forzada de personas; que nada nos garantiza que no haya sido torturado, que su cuerpo no ha sido arrojado desde una avioneta al turbio Río de la Plata y que sus zapatillas blancas no floten ahora como otro pez en el agua.
El gran texto de la Historia Argentina también nos ha enseñado, truculento maestro, que ningún ciudadano puede ser privado así como así de su libertad, que las fuerzas policiales deben propender al cuidado y no a la tortura de los ciudadanos, que la libertad de expresión debe ser garantizada, que ni la literatura, ni el arte, ni la difusión cultural son delitos, que ni la creatividad, ni el compañerismo, ni el altruismo son conductas punibles.
El gran texto de la Historia Argentina nos ha enseñado que si nos andamos desprevenidos el pasado puede volver, que es preciso estar despiertos.
Y hay además, un “no-tiempo” de la acción que prefigura el “cualquier tiempo”, que puede ser este, o el que ha pasado, o el que vendrá. Esa indeterminación multiplica las interpretaciones y sofoca por imprecisa. Todos los tiempos el tiempo.
Nicolau ha sembrado con fresca puerilidad, la simiente de la sospecha. Sabe (yo creo que sabe) de la potente polisemia de su obra. Y como buen escritor que es, no rechaza ninguna posible interpretación.
Esta es la mía.-
María Belén Aguirre
*Reseñas incluidas en la antología sonora: "Autores y/o textos inéditos por sí mismos: otra antología"; Biblioteca Parlante Haroldo Conti y Peras de Olmo- Ars continua, 2011.
“Silencio, por favor. La ficción pide atención”. Así inicia, escueto pero certero, Alejandro Nicolau su exhortación al lector (“Déjà vu”).
Un silencio se abre; y poco a poco van agolpándose en sus páginas: un pedaleo incesante de bicicleta vieja, un suave deslizarse sobre un charco de lluvia un barquito de papel que en su lomo lleva inscripto “Cocteau”, los ruiditos de un joven repitiendo dos veces, dos veces sus prosaicos rituales matutinos, un relámpago avizorando el estallido de un trueno, un disparo a traición, a quemarropa, un cuerpo cayendo. Silencio en el silencio de la celda miserable y arbitraria. Silencio. La ficción pide atención.
Nicolau juega (o no juega) a hacernos creer que no lo sabe. (Y tal vez no lo sepa; no estoy segura). Juega a hacernos creer que detrás de la candidez de su narrativa no hay otra cosa que inocencia y puerilidad. Esa actitud es definitoria del tono general con que es abordada su ficción.
Todo es lo que parece ser; sin secretas intenciones minando la profundidad de los relatos, sin aberraciones, sin monstruosidades. Puro devenir prosaico.
Pero no. En Nicolau la ficción es un natural sucederse de hechos extraños, sospechosos, enrarecidos; en cuyo entramado sus personajes, sin comprenderlo demasiado (o lo que es más angustiante aún, sin intentar comprenderlo), son arrastrados por las fuerzas de un destino, cuyos vicarios son a veces las fuerzas policiales (“No quieren que seamos felices”), el tiempo y la irredenta repetición del futuro en el pasado (“Dèjá vu”), o el vehemente, irrefrenable, animal deseo de huir bien lejos…allí donde no… (“Manisero en el Desierto del Sahara”).
En Alejandro Nicolau conviven con pasmosa frescura las dicotomías: sublime y siniestro, epidérmico y profundo, universal y telúrico. Y todo ello tamizado por un subtexto que murmura, bajito le murmura al lector que no sea cándido, se ande con algunas prevenciones.
Nicolau propende al extrañamiento del lector. Lo hace creer que la ficción se inscribe en la más indefensa estética naïf. Lo hace sentirse cómodo reconociendo topografías por las que el lector tucumano transita a menudo, o que conoce de oídas (Villa Mariano Moreno). Provoca, mediante este gesto de pura camaradería, que el lector ceda en su desconfianza y baje sus defensas… Y es entonces donde comienza a filtrar… derribando una a una las inocentes convicciones que ha sabido primero promover. Crea para romper, para poder pasar a otra instancia. Interesante nihilismo en el que toda seguridad es socavada por ingenua, precisamente por ingenua.
No hay inocencia en el lector contemporáneo. No debiera haberla. Cierto es que el escritor entabla con el lector un pacto de suspensión de incredulidad, volviendo zona franca el texto en el que ambos, desde diversos lugares simbólicos, se pavonean. Cierto. Pero también es cierto que en los atribulados tiempos que corren es preciso no andarse tan confiados.
El gran texto de la Historia Argentina, el “prototexto” como gusto llamarlo, nos ha enseñado -a duras penas- que nunca más un sujeto que desaparece de la nada, sin dejar rastros, sin que nada explique su paradero, está a resguardo del sospechado delito de desaparición forzada de personas; que nada nos garantiza que no haya sido torturado, que su cuerpo no ha sido arrojado desde una avioneta al turbio Río de la Plata y que sus zapatillas blancas no floten ahora como otro pez en el agua.
El gran texto de la Historia Argentina también nos ha enseñado, truculento maestro, que ningún ciudadano puede ser privado así como así de su libertad, que las fuerzas policiales deben propender al cuidado y no a la tortura de los ciudadanos, que la libertad de expresión debe ser garantizada, que ni la literatura, ni el arte, ni la difusión cultural son delitos, que ni la creatividad, ni el compañerismo, ni el altruismo son conductas punibles.
El gran texto de la Historia Argentina nos ha enseñado que si nos andamos desprevenidos el pasado puede volver, que es preciso estar despiertos.
Y hay además, un “no-tiempo” de la acción que prefigura el “cualquier tiempo”, que puede ser este, o el que ha pasado, o el que vendrá. Esa indeterminación multiplica las interpretaciones y sofoca por imprecisa. Todos los tiempos el tiempo.
Nicolau ha sembrado con fresca puerilidad, la simiente de la sospecha. Sabe (yo creo que sabe) de la potente polisemia de su obra. Y como buen escritor que es, no rechaza ninguna posible interpretación.
Esta es la mía.-
María Belén Aguirre
*Reseñas incluidas en la antología sonora: "Autores y/o textos inéditos por sí mismos: otra antología"; Biblioteca Parlante Haroldo Conti y Peras de Olmo- Ars continua, 2011.
NO QUIEREN QUE SEAMOS FELICES
DEJÀ VU
MANISEROS EN EL DESIERTO DEL SAHARA
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miércoles, 27 de febrero de 2013
Biblioteca de Autor: Alejandra Díaz
De Alejandra Díaz hemos seleccionado los poemas inéditos “Amar”, “Paisaje” y “Desde el decir/querer”.
Ella es la que porta el nombre de la otra. Pero es otra. Una lapicera gira entre sus manos mientras me habla. A veces voltea la cabeza hacia el lado de la puerta. Espera a alguien. Una brisa leve le roza la nuca, y se eriza. Me dice, como volviendo de otro mundo:
“Escribíamos metáforas enrevesadas para eludir la atención de quienes podían desaparecernos”.
Se calla. Me mira.
Es Alejandra Díaz. Poeta. Y su mundo de metáforas será siempre para mí un enigma a descubrir. Habla, y va como sembrando pájaros heridos en el aire de un árbol sin follaje; sólo sus manos, el nido. Así la siento. Madre adoptiva de hijos huérfanos. Huérfana ella.
Su poesía, ese universo delicado y firme, posa en la metáfora la gracia de lo inagotable. Funda para sí y sus lectores un nuevo mundo. Mundo sustantivo en donde el pájaro es, el árbol es, la montaña es, el lobo es. Una realidad otra, sustantiva, que halla en sí misma el germen de la adjetivación.
Una hormiga camina con paso firme hacia la azucarera de nuestra mesa, en el bar. La tapa cerrada. Antes de llegar, se detiene en seco.
No hay pasado ni evocación en la propuesta de Alejandra. Hay un eterno sucederse del presente, en vistas a un futuro que se anhela igualitario.
“La poesía es mi modo de ver el mundo, de comunicarme con los demás, una fuerte manera de religarme a la época que me tocó vivir, a mi propia circunstancia. Escribo desde pequeña. Entonces para mí la poesía es mi manera de hablar, traduce mi manera de ser, de percibir, de acariciar la realidad como a la piel del mundo”.
Se calla. Sorbe ahora el café amargo que se le ha enfriado.
Una extraña sensación me invade. La Tierra gira. La estoy sintiendo. La miro. Me sonríe en connivencia.
En la poesía de Alejandra, fusionarse con el entorno no es óbice para la conservación de las particularidades de su yo poético. Ella proclama para los otros lo que desea para sí. Un sentimiento de indefensión atraviesa sus textos, ya como devenidas atmósferas.
Se muestra, es esconde; un ardid que la mantiene a resguardo, luego del sincero efluvio de sus poemas. La polisemia de la metáfora hace las veces de cómplice.
“En la época de la dictadura, vivía en Salta. No era extrema como aquí, en Tucumán. Pero mis lecturas y elecciones musicales tenían que ver con la insinuación de lo que era prohibido por el gobierno de facto; y yo asistía a un colegio, “El Bachillerato Humanista Moderno”, al que en reiteradas oportunidades le pusieron bombas en la puerta porque su enseñanza estaba orientada hacia una formación que, entre otras cosas, tenía como norte la “Teología de la Liberación”.
Ella no evoca. Ella desea. Arraiga para lo futuro.
“Y es fuerte y es débil el lienzo donde pinta
la historia de los hijos amados/ de las noches amadas
de los caminos amados/ y no/ que la moldean”.
Leo entre los papeles que ha vaciado para mí sobre la mesa; y que ha traído en una bolsa colorida que pesa horrores, en la que carga también cuadros que a veces pinta.
“El advenimiento de la democracia coincide con mi ingreso a la Facultad de Filosofía y Letras de la U.N.T. Se destapa nuestra voz, poetas que ya nos agrupábamos mostrando tímidos escritos de posicionamiento, fuertes éstos en su compromiso, con lo que significó la cifra 30.000. Tu Gabito, Dany, José Kóbak, los homenajes con Dumit. Queríamos, sentíamos como un deber elegido y un derecho manifestarnos, raspar, raspar, raspar, buscar, buscar las tumbas, los cuerpos, los nombres, las madres, el dolor, la injusticia de un época silenciada”.
Silencio.
Ya va cayendo la tarde y pedimos la cuenta. Un arrebato de ambas por adelantarnos a pagar primero, hace caer sobre el piso sus papeles. Me agacho. Los recojo. Leo:
“que yo soy una sola palabra
la que no he dicho aún”.
Alejandra guarda, parsimoniosa, los poemas en su bolsa. Recoge el bolso del respaldo de su silla. Yo hago lo propio con el grabador en mi cartera circular. Caminamos hacia la puerta. Ya allí, se detiene en seco. Vuelve presurosa sobre sus pasos buscando la mesa que ha abandonado. Ha olvidado algo. Destapa la azucarera y vuelve hacia mí.
La hormiga inicia ahora su decidido camino; ya sin obstáculos.
María Belén Aguirre
*Reseña perteneciente a "AUTORES Y/O TEXTOS INÉDITOS POR SÍ MISMOS. Otra antología", Biblioteca Parlante Haroldo Conti y Peras de Olmo- Ars continua, 2011.
Ella es la que porta el nombre de la otra. Pero es otra. Una lapicera gira entre sus manos mientras me habla. A veces voltea la cabeza hacia el lado de la puerta. Espera a alguien. Una brisa leve le roza la nuca, y se eriza. Me dice, como volviendo de otro mundo:
“Escribíamos metáforas enrevesadas para eludir la atención de quienes podían desaparecernos”.
Se calla. Me mira.
Es Alejandra Díaz. Poeta. Y su mundo de metáforas será siempre para mí un enigma a descubrir. Habla, y va como sembrando pájaros heridos en el aire de un árbol sin follaje; sólo sus manos, el nido. Así la siento. Madre adoptiva de hijos huérfanos. Huérfana ella.
Su poesía, ese universo delicado y firme, posa en la metáfora la gracia de lo inagotable. Funda para sí y sus lectores un nuevo mundo. Mundo sustantivo en donde el pájaro es, el árbol es, la montaña es, el lobo es. Una realidad otra, sustantiva, que halla en sí misma el germen de la adjetivación.
Una hormiga camina con paso firme hacia la azucarera de nuestra mesa, en el bar. La tapa cerrada. Antes de llegar, se detiene en seco.
No hay pasado ni evocación en la propuesta de Alejandra. Hay un eterno sucederse del presente, en vistas a un futuro que se anhela igualitario.
“La poesía es mi modo de ver el mundo, de comunicarme con los demás, una fuerte manera de religarme a la época que me tocó vivir, a mi propia circunstancia. Escribo desde pequeña. Entonces para mí la poesía es mi manera de hablar, traduce mi manera de ser, de percibir, de acariciar la realidad como a la piel del mundo”.
Se calla. Sorbe ahora el café amargo que se le ha enfriado.
Una extraña sensación me invade. La Tierra gira. La estoy sintiendo. La miro. Me sonríe en connivencia.
En la poesía de Alejandra, fusionarse con el entorno no es óbice para la conservación de las particularidades de su yo poético. Ella proclama para los otros lo que desea para sí. Un sentimiento de indefensión atraviesa sus textos, ya como devenidas atmósferas.
Se muestra, es esconde; un ardid que la mantiene a resguardo, luego del sincero efluvio de sus poemas. La polisemia de la metáfora hace las veces de cómplice.
“En la época de la dictadura, vivía en Salta. No era extrema como aquí, en Tucumán. Pero mis lecturas y elecciones musicales tenían que ver con la insinuación de lo que era prohibido por el gobierno de facto; y yo asistía a un colegio, “El Bachillerato Humanista Moderno”, al que en reiteradas oportunidades le pusieron bombas en la puerta porque su enseñanza estaba orientada hacia una formación que, entre otras cosas, tenía como norte la “Teología de la Liberación”.
Ella no evoca. Ella desea. Arraiga para lo futuro.
“Y es fuerte y es débil el lienzo donde pinta
la historia de los hijos amados/ de las noches amadas
de los caminos amados/ y no/ que la moldean”.
Leo entre los papeles que ha vaciado para mí sobre la mesa; y que ha traído en una bolsa colorida que pesa horrores, en la que carga también cuadros que a veces pinta.
“El advenimiento de la democracia coincide con mi ingreso a la Facultad de Filosofía y Letras de la U.N.T. Se destapa nuestra voz, poetas que ya nos agrupábamos mostrando tímidos escritos de posicionamiento, fuertes éstos en su compromiso, con lo que significó la cifra 30.000. Tu Gabito, Dany, José Kóbak, los homenajes con Dumit. Queríamos, sentíamos como un deber elegido y un derecho manifestarnos, raspar, raspar, raspar, buscar, buscar las tumbas, los cuerpos, los nombres, las madres, el dolor, la injusticia de un época silenciada”.
Silencio.
Ya va cayendo la tarde y pedimos la cuenta. Un arrebato de ambas por adelantarnos a pagar primero, hace caer sobre el piso sus papeles. Me agacho. Los recojo. Leo:
“que yo soy una sola palabra
la que no he dicho aún”.
Alejandra guarda, parsimoniosa, los poemas en su bolsa. Recoge el bolso del respaldo de su silla. Yo hago lo propio con el grabador en mi cartera circular. Caminamos hacia la puerta. Ya allí, se detiene en seco. Vuelve presurosa sobre sus pasos buscando la mesa que ha abandonado. Ha olvidado algo. Destapa la azucarera y vuelve hacia mí.
La hormiga inicia ahora su decidido camino; ya sin obstáculos.
María Belén Aguirre
*Reseña perteneciente a "AUTORES Y/O TEXTOS INÉDITOS POR SÍ MISMOS. Otra antología", Biblioteca Parlante Haroldo Conti y Peras de Olmo- Ars continua, 2011.
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